Somos la llama que arde, esa luz, ese calor, ese movimiento. Somos la llama que puede encender otras almas con partir esa llama que no se gasta, que se multiplica infinitamente. Con una vela encendida podemos encender miles de otras velas y el fuego de la vela inicial siempre será el mismo. Esa es la abundancia divina, ese es el pan que se comparte y se multiplica. A veces la vida diaria en la ciudad nos debilita la llama por los vientos y la adversidad a la que se expone nuestro fuego. Es entonces donde nuestra responsabilidad por mantener prendida nuestra llama nos debería llevar a buscar un lugar, un momento donde poder reavivar nuestro fuego interior para que esa llama pueda ser y tenga fuerza para mantenerse prendida y así la podamos compartir. Tiempo de reavivar llamas para hacerla más fuerte para los tiempos que vienen.
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